Humanismo Secular en Costa Rica

El "mundo feliz" del pasado y el del siglo XXI
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Articulos - Crítica a la religión
  

Leo y releo el artículo del rector Garreaud, del domingo pasado ("El pensamiento religioso del siglo XXI").  Busco algún argumento novedoso que me convenza a creer, como a él, que este mundo que hemos heredado de la cultura cristiana sigue siendo "el mejor de los mundos posibles".  Pero es más de lo mismo: el dibujo que acompaña al texto, esa cabecita vacía con los ojos cerrados, bien podría resumir una cosmovisión que permanece tercamente inmovilizada mientras el  mundo  marcha en otra dirección.

Para el comentarista de marras es fácil achacar todo género de males a una cultura que tacha de "materialista", "sin sentido", etc., en sus "modelos de vida".  A ello opone otra, como alternativa,  que considera impregnada de "fuerte espiritualidad", capaz de superar la perspectiva muchas veces "cerrada y horizontal de la sociedad secularizada".  Y a esto último apunta toda su argumentación: a los supuestos males traídos consigo por la sociedad secularizada, es decir, ya un tanto liberada de la férula eclesiástica.  ¡Pero, señor, si esa sociedad que añora ya se vivió por siglos cuando el cristianismo era amo y señor de conciencias en todo Occidente!  Y fueron siglos en los que, con todos los poderes concentrados en sus manos, el poder papal no tuvo la menor voluntad por mejorar materialmente la vida de tantos infelices. 

Tampoco espiritualmente, como sabemos. Todo lo contrario: aliado con los poderes temporales del momento, fue uno más entre ellos, con las mismas ambiciones, con los mismos afanes guerreristas y groseramente materialistas, con el mismo gusto por lo mundano.  De hecho, ni en tiempos relativamente recientes, cuando existió el Estado Pontificio, que abarcaba casi un tercio del territorio italiano, hubo allí algo parecido a una vida material digna, al respeto por la persona,  por la vida, por la libertad de conciencia, en fin, por algo parecido a los derechos humanos.  Y todo  porque los papas de entonces gobernaban como auténticos déspotas, con su propio ejército, su policía, sus cobradores de impuestos y su cuerpo de delatores.  Ilustrativo es el caso del niño judío  Edgardo Mortara (1858), a quien la Inquisición secuestró de por vida del hogar paterno valiéndose del argumento legal, vigente en ese reino de pesadilla, de que el niño era cristiano porque una criada lo había bautizado, a espaldas de sus padres, cuando lo creyó en peligro de muerte.  Tan miserable y sin horizontes era la vida en ese país fuertemente "espiritualizado" que cuando los patriotas italianos lograron incorporarlo al nuevo reino de Italia, quienes votaron en contra de esa incorporación no pasaron de los cuatro gatos del caso. 

La historia de Occidente no es otra que la lucha constante, aunque lenta dada la opresión generalizada por los altos poderes, por más y más secularización.  Es decir, por el mejoramiento de las condiciones de vida materiales, por la salud, por la educación, por el trabajo, por la libertad de conciencia y de expresión, en fin, por todo eso que hoy llamamos derechos humanos y contra los cuales siempre estuvo la Iglesia Católica, como parte y firme defensora del statu quo político, social y económico, ya desde los tiempos de la gran Revolución Francesa de 1789. Atribuir el origen de toda la teoría sobre los derechos humanos a fuentes católicas, no pasa de ser una de esas jugadas oportunistas tan propias de ese credo.  Ahora, cuando resultan útiles, se rehabilita a pensadores que, en su tiempo, fueron vistos como peligrosos para el vigente statu quo. Lo mismo ha ocurrido con Galileo y hasta  con Darwin, tan denostados y condenados. No sería de extrañar que dentro de un par de siglos se hiciera lo mismo con la llamada "teología de la liberación" y sus adalides, si no quedara otro camino para un "aggiornamento" más…

Y más cabría argüir.  Quedan muchos cabos sueltos en la prédica comentada. Se podría censurar, por ejemplo,  a ese dios bíblico que entrega "el dominio de todo lo creado" al hombre, sin señalarle su condición de eslabón de una cadena y algún respeto hacia las pobres criaturas irracionales, que pone totalmente en sus manos en este "mundo feliz".  Pero el espacio periodístico no da para más. Y hay límites que los simples mortales, sin halo, debemos respetar.
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Profesor ad honórem
Escuela de Filología, Lingüística y Literatura
Universidad de Costa Rica
Céd.  1 267 396
Tel. 2215 1829
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(*) Este artículo no fue publicado en La Nación como respuesta deseada al otro citado en el texto
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