Humanismo Secular en Costa Rica

¿Por qué hay que apostatar?
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Articulos - Apostasía
  

Por apostasía  se ha de entender el abandono  público y formal de determinada creencia religiosa, es decir,   la ruptura definitiva de todo ligamen contraído en algún momento de nuestra vida con ese credo, ya fuera por voluntad propia o ajena. Y no importa en qué documentos oficiales o clericales se siga después diciendo lo que se diga. Por lo general, el bautismo en la fe para los cristianos es algo que se les impone, con el nombre, al poco tiempo de nacer y por libre decisión de los padres.  Desde luego, se da por descontado que los mayores de edad que así proceden lo hacen dejándose guiar por sus propias convicciones religiosas y porque se les ha condicionado para creer que esto es lo apropiado para la formación humana de la criatura.

Pero bien examinado, es un acto abusivo porque  se están tomando decisiones que luego afectarán de muchísimos modos la vida futura de quien, por el momento, no tiene manera de hacerse valer por sí mismo.  Si viviéramos en una sociedad mejor organizada -lo cual quiere decir, orientada por valores racionales, laica, en suma- la adscripción religiosa debería ser algo solamente decidida mucho más adelante, cuando la criatura afectada tenga pleno uso de razón o, por lo menos, cuando el Estado ya  reconoce la mayoría de edad para todo lo que importa dentro de cualquier sociedad moderna.  Entretanto, en faceta tan fundamental para cualquier individuo como es su pertenencia a una o a otra religión, o a ninguna, el Estado lo que debería proveer es una educación formal (escuela, colegio) en donde todos los niños, sin excepción, fueran expuestos a conocimientos y experiencias generales que presenten objetivamente tanto el fenómeno de la creencia como el de la no creencia.  ¿Qué tal un nombre para un curso así: Religiones y librepensamiento?  Pero el nombre es lo de menos: lo fundamental es que no sea como ahora, en que bajo el nombre de "clase de religión", lo que se da es un curso de catolicismo, como si esta fuese la Religión por antonomasia, la única, la verdadera, etc.  Pero esto sería tema para otro artículo, puesto que la situación planteada sigue siendo utópica en tanto un país como Costa Rica siga teniendo una religión considerada aberrantemente como oficial, una religión que ha acabado por convertirse en un verdadero superpoder que todo lo penetra, todo lo condiciona, todo lo decide, sin que las verdaderas autoridades políticas, debidamente depositarias de algo rimbombante que llamamos "soberanía", "poder del pueblo", etc., osen muchas veces poner las cosas en su lugar (la propuesta de las llamadas "guías sexuales" preparadas por el Estado, vetadas, condenadas y hechas enterrar por la jerarquía católica son uno de los peores ejemplos de prejuicio y daño moral y político en una de estas interferencias eclesiales en asuntos propios "del César").

En la Historia se registra el nombre del emperador Juliano (331-363) como el primer apóstata de la religión cristiana.  Los cronistas cristianos contemporáneos y posteriores dijeron de él todo lo peor posible, hasta le endosaron ese calificativo de apóstata con el que se le conoce, horrorizados de que alguien tan importante como un emperador pusiera en peligro el imperio de la fe que el cristianismo estaba comenzando a establecer.  Y fue lamentable que el emperador muriera tan joven porque su intento era sano: restablecer el paganismo, cuya principal característica era su tolerancia para todo tipo de creencias, algo inadmisible para los jerarcas cristianos con su insistencia en el dios único y verdadero. Obviamente,  la historia de Occidente habría sido muy diferente de no haber mediado la circunstancia de la muerte del emperador en circunstancias en que se ha señalado la posibilidad de haber sido muerto por uno de sus propios soldados, afecto al cristianismo.  Después de su muerte, asciende al trono Teodosio I (346-395), quien en el 380 hace del cristianismo religión estatal y, como era de esperar, reinicia   la persecución contra paganos y herejes.

Juliano apostató para favorecer al paganismo, esto es, al politeísmo.  En su tiempo,  una medida de cuño progresista, que hasta daba pábulo a la posibilidad de que se abriera un espacio para el librepensamiento, como había ocurrido mucho atrás, con el florecimiento de la Filosofía en el mundo grecorromano.  Hoy día, es claro que la apostasía es algo más amplio: se puede apostatar de cualquier religión, pero también de cualquier opinión, doctrina o partido, como lo señala el último diccionario de la Real Academia Española (2001).

¿Y por qué deberíamos apostatar en la actualidad de la religión católica?  Si se quiere, es esta una pregunta mal planteada.  Más bien deberíamos preguntarnos: ¿Y por qué debo permanecer dentro de la religión católica?  Deberíamos entonces entrar en un análisis de fuerzas: ¿qué tiene de bueno y qué tiene de malo la religión católica?  De bueno, lo que tiene toda religión: que cumple una función social de cohesión, que da un cierto sentido a la vida, que  provee un mecanismo de control moral, que suministra apoyo psicológico y conformidad a los fieles en momentos cotidianos o cruciales, a la vez que ofrece consuelo y esperanza en otra vida mejor.  Para todas las funciones anteriores, excepto la última, las sociedades modernas han provisto distintos medios que cumplen a cabalidad con su cometido sin que sea necesario adherirse a los dogmas, historias descabelladas, obligaciones irracionales, jerarquías de origen antidemocrático y poder omnímodo sobre lo divino y humano de personajes muchas veces abominables.  En cuanto a la seguridad que pretenden muchas de las religiones en relación con una vida mejor después de la muerte, esto sí que es lo propio de las llamadas religiones de salvación, como el cristianismo. Y es el valor que más se compra dentro de él, puesto que corresponde a un llamado profundísimo de la naturaleza humana, explotado al punto de hacernos creer a los humanos que somos algo más que materia, que somos la criatura máxima salida de las manos de un supuesto creador, y que habrá una vida eterna en algún lugar al lado de nuestros seres más queridos.  Bellísimo como ilusión, grandioso como máximo "wishful thinking" (que algo va a suceder porque YO lo quiero así); pero lastimoso como hipótesis indemostrable que se expresa tan ridículamente en tantas tarjetas del obituario periodístico, sin más justificación que un dolor verdadero explotado por pulsiones irracionales de una religión que niega a sus creyentes el derecho a pensar y sufrir con humildad, dentro de los límites reales de la solidaridad y la compasión que todos nos debemos como mortales, pero sin el auxilio de fábulas y embelecos  en los que ya no creen ni los mismos ministros de la fe.

¿Y qué ponemos en la balanza en contra de la religión para convencernos de apostatar? Hay tal vez mil argumentos extraídos de la propia historia de este credo, que deberían inclinarnos a pensar que no hay en esta institución casi nada de noble, de admirable y, menos que menos, de divino en su desempeño milenario.  Tal vez, si excluímos las bellísimas catedrales góticas (y algunos otros logros, ¡que en dos mil años algo bueno debería salir!),  podríamos establecer una larga lista con guerras, persecuciones, conversiones forzadas, exterminio de otros  cristianos (los  arrianos, los cátaros, los valdenses, etc. ), torturas, antisemitismo, negación de todo valor humano a la mujer (excepto el de reproductora desaforada de la especie), alianza irreductible con las clases dominantes, desamparo de los humildes, enemiga irreductible de los derechos humanos (de los que ahora se proclama estandarte), monopolio de la educación a favor de los hijos de los poderosos, acaparamiento de tierras en el campo y poseedora de todo bien negociable en las ciudades, un poder financiero de alcance mundial que desdice todas su prédicas de humildad, pobreza, etc., perseguidora implacable del "pecado" ajeno pero alcahueta con los de los suyos, predicadora de una moral sexual castrante que a los suyos le queda muy ancha y permisiva, etc.  En fin, la lista podría seguir hasta el número mil; pero basta...y rematemos con una para poner fin a la faena.

Y de esto no hay mucho que decir.  Suficientemente se nos ha informado, tanto a fieles como a infieles, de los últimos escándalos sexuales de los curas.  De las ocultaciones, de las evasivas, de sus tergiversaciones por parte de las más altas autoridades de la Iglesia. En suma, de la desvergúenza con que afrontan el escándalo sin tomar las medidas esperadas y procurando enlodar a otras instituciones y sectores, olvidando a propósito que nadie más que los curas católicos hacen voto de castidad y que deben (des)obedecer a esa verdadera perversión sexual autoimpuesta que llaman celibato.

Si no hubiera más razones, bastaría con esta para no querer ser parte, y hasta cómplice, en una institución que está pidiendo a gritos la intervención de algún poder, venga de donde venga,  que la ponga en su lugar.  Pero también la acción individual, con renuncias masivas, es otro medio eficaz de tener voz donde nunca se la ha tenido.  Por lo mismo, apostatar es lo que cabe ahora para hacerse sentir y oír.

Apostatar es fácil.  Y es un acto de gran impacto.  Las leyes civiles están por encima de toda otra ley, así sea la canónica; pero esta misma lo admite, por lo que todo se reduce a tener la voluntad y el tiempo para hacerlo.   Hay que acercarse a la oficina episcopal correspondiente, asegurándose uno de que quede claro cuáles son los requisitos que deben acompañar a la carta de solicitud. Esta carta debe ser clara y todo lo explicativa que uno considere, sin caer en el irrespeto.  Luego, si no se nos responde, habrá que presionar hasta que llegue la respuesta oficial.  Y si esta es negativa, presentar un recurso de amparo ante un tribunal civil (la Sala Constitucional, si existe), ante lo cual, si el recurso está bien planteado, se acaba toda oposición por parte de las autoridades eclesiásticas.  Pero no hay que cejar; y, si es del caso, buscar la ayuda legal necesaria para hacer valer los propios argumentos.

En el caso de quien escribe, presentar el recurso de amparo fue necesario porque la curia metropolitana le daba largas al asunto.   Pero por estar bien planteado, fue acogido y resuelto favorablemente por la Sala Constitucional: asunto planteado y terminado en su totalidad en tres meses.  Sin embargo, si posteriormente el recurso de algún otro solicitante fuera rechazado por el tribunal legal, sería inevitable que también la curia diera por finalizada la acción.  De ahí la importancia de asesorarse bien: no solo con abogados sino con esta misma asociación humanista, que promueve y apoya tales acciones.  Y este es el momento adecuado para golpear donde más le duele a esta institución milenaria, el fraude mejor montado en la historia de la humanidad.
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